Lumbres y deslumbres
21 de junio de 2009. Llevo más de siete meses viviendo en Nairobi, Kenia. Suficientes quizá para arriesgar algunas conclusiones. No, conclusiones no: primeras impresiones, ¿acaso hay segundas, terceras? Es verano en el hemisferio Norte, aquí comienza el invierno. Suave y que no cala sino hasta muy entrada la madrugada. Desde mi cuarto, pese a la llegada del frío, se ven en flor las rosas del desierto y en esplendor las acacias de tallo amarillento. En muchos sentidos, no sólo en Física o Meteorología, la vida aquí es al revés. África, qué duda cabe, es la otra cara de la medalla, el lado inverso de Occidente. Para quienes gustamos del palíndromo, internarse en África es leer la historia en capicúa. Por decir sólo un ejemplo, en esta región se ha encontrado el fósil de homínido más antiguo del mundo; en los albores del siglo XXI, se encuentran aquí los aires del primer hombre; este primitivismo es el otro lado de la tecnología y del hombre al último grito de la canción en turno. Pero como dijimos, es una misma medalla, el grito ritual de las tribus colinda con aquel, digamos, del concierto o de un gol de domingo. Mirada inversa: desde aquí comprendemos los ecos del allá. Hoy que la idea de progreso ha caído, se puede asegurar que Occidente no está a lo lejos, a unos cuantos escalafones de África, esta región es su espejo, o si se prefiere, el cristal para comprenderlo mejor: la cercanía entre primitivismo y posmodernismo es una realidad. Más que un avance, lo que ha habido es una transfiguración. La posmodernidad podría entenderse como un arcaísmo de otra forma, una variante del origen. África, punto de partida sin que la Historia se vea partida.
Esta región nunca ha tenido algún tipo de ideología, al menos no una homogénea y unificadora. Su elemento ha sido ser un mosaico semejante a las hordas y manadas que conforman su territorio. Su organización tribal los ha ejercitado en la otredad, la cual, para bien o para mal, desemboca en la guerra o en el tratado de paz. A diferencia de la cultura occidental que buscó en diversas ocasiones la unidad, de pensamiento, de Estado, África del Este sigue siento igual de fragmentaria que hace miles de años; a la manera de los ecosistemas, cada tribu de forma peculiar se relacionó con la naturaleza. Aunque no ha habido una corriente de pensamiento universal, sí ha habido ideas dispersas, ideas que no forman un cuerpo conceptual que abarque una visión del hombre y de la sociedad en su conjunto. La misma dispersión a la que aluden los tiempos posmodernos se repite en la organización tribal de África, o viceversa, ya que tratamos sobre la tierra del palíndromo. A la ideología y la institución religiosa, se opusieron los usos y costumbres y el esoterismo; una de sus gracias es que no tiene el rango de ley moral o ética, no se conforma un cuerpo conceptual sólido de deberes y creencias, formando sociedades limítrofes: no hay hegemonía ideológica ni territorial. El resurgimiento de una cultura esotérica en Occidente (como todo esoterismo, integracionista: el Feng Shui convive por igual con los amuletos de diversas aleaciones y los horóscopos de la revista semanal), se acopla con naturalidad al esoterismo africano. Una sociedad posmoderna, más allá de la ideología, como a su pesar diría Terry Eagleton, y más acá del esoterismo, se entiende con este extremo. Quizá por primera vez en la historia, todas las culturas viven en el mismo tiempo.
Ahora entiendo que tribu y tribulación son palabras colindantes. Una vez más, el misterio de las cercanías fónicas. En enero de 2008, los problemas postelectorales de Kenia desembocaron en la guerra tribal, Lúos contra Kikuyos, y fueron miles los que murieron. Nairobi se alzó en llamas. Los ideales de Estado-Nación, creados por Occidente e implantados a fortiori en una región donde su natural es ser fragmentario, han potenciado la violencia. Sobra decir que la idea de progreso contribuyó a fomentar la diferencia entre las tribus “progresistas” y aquellas, las “atrasadas”. El paisaje estepario, de geometría horizontal, incluidas las ramas de las acacias que como ningún árbol aspiran parecerse a la planicie, eran una metáfora de la horizontalidad de las tribus, alteradas ahora por el discurso escalafonario, montañoso, del Progreso. De un progreso, por demás, en decadencia. Esa es la paradoja que les toca a todos los absolutismos, convertirse en todo lo que habían negado en sus inicios. Recordando el verso de Cernuda, “donde habita el olvido”, puede entenderse que el sosiego de las tribus, con sus brotes de violencia acostumbrada, hizo que se despertara y saliendo del olvido, exigiera su parte en la repartición del nuevo Estado. Sin embargo, sigue habitando el olvido, las tribus están habitadas por el olvido. Esa es su gracia y su desgracia. No saben que sus tribulaciones, de sequías y tormentas, se deben también a la mano del hombre. Y como tribus que son, carniceras a veces, ejercen la violencia contra las inclemencias de nuestro tiempo.
Son 42 tribus las que conforman este país. Las más numerosas: Kikuyu, Lúo, Kisi, Kamba. Cada cual tiene su propio idioma. Algunas están hermanadas por la cercanía lingüística a las lenguas bantú. El suajili, idioma oficial de Kenia, es la única lengua de origen africano que tiene el rango de oficial, los demás países han asimilado lenguas occidentales, como el francés, inglés o portugués. Sin embargo, es sorprendente que hoy día cada tribu continúe hablando su propio idioma. Esto hace que su cultura siga viva. Basta adentrarse en las comunidades para constatar que sus usos y costumbres se sobreponen a toda época. Se puede acaso correr el riesgo de afirmar que son los mismos desde la verdura de las eras. Esto nos lleva a un dilema: ¿Será necesario que Kenia altere los usos y costumbres de sus tribus para poder lograr la riqueza de las demás naciones; perder en cultura para ganar en economía? La respuesta apenas tiene que pensarse: No. Hoy día, las naciones pueden insertarse en el nuevo juego global sin que tengan que volverse a una ideología, en especial a la del progreso. Los Estados tribales ya no pueden ser vistos como atrasados o arcaicos, simplemente porque ya no hay atrás ni adelante. Si ya no prevalece la idea de un pasado oscuro y un futuro promisorio, queda sólo el presente: lo único que cuenta es nuestra circunstancia actual, y en esto, todos, todos, estamos en igualdad de circunstancias.
Esta idea no es nueva, no vivir más que en el presente se refiere también a la época clásica, al carpe diem o al Dios Kairós de los griegos. En la época moderna, Einstein se encargó de relativizar el tiempo, quedando uno: el presentismo. Sin olvidar a San Agustín que a la triada de los tiempos les antepuso el presente: presente-pasado, presente-futuro, presintiendo así (o mejor: presentando así) no más de uno. África ha sido puro presente, desde que el hombre es hombre (o si se prefiere, ya estando aquí, desde que el homínido es hombre), ha descreído de cualquier visión de futuro promisorio. Coincidencia reveladora: en la región donde encontramos al homínido más antiguo, en la cuna de la humanidad, la sociedad sigue siendo igual de original que antes. A la cuna no le siguió el tálamo, la casa, la pirámide el edificio. Algún conocimiento milenario mantuvo a este pueblo en un estado, por llamarlo de algún modo, de sencillez tradicional. La coincidencia es mayor, no sólo la caída del vuelo progresista nos pone de nuevo al mismo nivel de esta cultura: el ecologismo de nuestra época, no tan voluntario como lo fuera en otras (la inminencia de la catástrofe nos obliga), se corresponde con la convivencia armoniosa de los africanos con su entorno. La civilización occidental vuelve a considerar la naturaleza como una madre, la Madre Tierra, y no como una patria, un padre bajo nuestra potestad. De la patria potestad volvimos a la maternidad: recién nacidos, inocentes. Al origen por fin. El Cristianismo arraigó la idea apocalíptica del Fin del Mundo, el finis terra que llegaría el Día del Juicio, o quizá más pronto, sobre explotando el planeta. Sin embargo, en distintas épocas hubo actitudes distintas, el Romanticismo trató a la naturaleza como una fuente de inspiración y sabiduría, igual que la religión animista de África considera su flora y su fauna como algo sagrado; y ésta es una gran coincidencia de los tiempos. Inversamente, Occidente regreso a África del Este. El palíndromo se cumple.
22.6.09
19.5.09
Baobab: Tener madera de papel
I (de IV)
No termino de entender la insólita belleza del baobab. Sus inusitadas cualidades, a lo mucho, ayudan a conocerlo, no a comprenderlo, y aún menos, a admirarlo. Sus tantas gracias, no revelan el misterio de su belleza. Pero aquellos que gustan de datos, a fin de ganar la trivia de la sobremesa en turno, tengan en cuenta que entre sus diversos talentos, el baobab tiene una capacidad regenerativa impresionante, sanando con rapidez los daños ocasionados por elefantes y otros depredadores, que de no ser por esta facultad ya hubiesen cedido ante los fuertes embates paquidérmicos y serían un espécimen extinto. En abril de 2004, murió el baobab más grande que se ha registrado en África, se encontraba en los alrededores de Tsumkwe en Namibia, y lo llamaban Grootboom [gran árbol]; Grootboom era el ser vivo más longevo del Continente. Quizá ahora ocupa su lugar el grandioso Chapman, de Botswana. En francés, el nombre común del baobab es arbre de mille ans [árbol de mil años]. Y no se equivoca, hay baobabs que han sido datados en miles de años –aunque el ahuecamiento de su tronco impide fechar con precisión-. Tampoco su nombre común se equivoca: Baobab significa fruta llena de semillas, se han llegado a encontrar hasta 600 semillas en un solo fruto. Contemplarlo es, quizá, ver la misma imagen que alguna vez vio un homínido anterior al homo sapiens. Saber que también fue el paisaje de los primeros hombres, que una tarde pudieron ver la majestuosa silueta del baobab cuando es puesto a contra luz en el ocaso, es una suerte de hermandad milenaria. Uno intuye que desde la verdura de la eras, existe el asombro por la naturaleza, que el mundo nos sigue sorprendiendo. Precisamente en Kenia yace Lucy, el fósil de homínido más antiguo sobre el planeta. Estar en la cuna de la humanidad invita a distintas reflexiones; quizá la más importante: somos una brevedad en la historia y, paradójicamente, somos más antiguos de lo que pensamos. Por demás, la historia de cada hombre, vista a la luz de la historia de la vida, es un instante; en nuestra brevedad no nos queda sino recobrar, como decía Octavio Paz, El olvidado asombro de estar vivos.
Baobab II
La religión animista, común en África subsahariana, considera que el baobab es un espíritu sagrado. Entre sus facultades curativas, controla las alteraciones mentales y sus semillas son usadas para combatir la calvicie. Debido a que su pulpa contiene diez veces más vitamina C que la naranja, es recomendada como un alimento preventivo contra distintas enfermedades. Su corteza fibrosa se utiliza en los tejidos y su tronco ahuecado ha sido resguardo de todo tipo; los menos afortunados han servido de sanitarios públicos y cárcel de mujeres. Los expedicionarios y naturalistas, o los antiguos mercaderes y viajeros de hace siglos, lo describieron con vehemencia y sobrecogimiento. La primera palabra de su nombre científico -Adansonia digitata-, proviene de uno de sus taxonomistas, Michel Adanson; y de sus hojas en forma de mano, la palabra latina digitata. Su variante en Madagascar no comparte la belleza de su hermano continental, el baobab de Madagascar es más palmera que Adansonia.
Baobab III
III (de IV)
Ninguno de estos datos curiosos me llevaron a admirarlo. Mi fascinación tiene otro origen. Supe del baobab cuando leí El Principito. Siempre creí que era un árbol imaginario. Me sentí atraído por el peligro que encarnaba, o entroncaba: un coloso capaz de devorar al asteroide B 612. Aunque en el libro, el árbol es citado tan sólo en un par de páginas, se compensa con la intensidad expresiva del episodio. A tal grado, que el mismo narrador se pregunta: “¿Por qué no hay, en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs?” Cuando tuve la oportunidad de conocer los bocetos de baobabs que Antoine de Saint-Exupéry no incluyó en la publicación, confirmé su admiración por este árbol: diferentes versiones de baobabs devorando al pequeño planeta; los dibujos no tenían nada de trágico, eran un paisaje, no un Apocalipsis.
Baobab
IV (de IV)
Pensaba que había sufrido una especie de: “encantamiento arborescente”, seguramente así lo llamarían los libros de magia y fantasía. No podía ser otra cosa, sólo los seres fantásticos hacen encantos. El problema era que los baobabs existían sin que yo lo supiera. Ahora que los he visto y sentido, que ya no son como los imagino sino como son, ahora que puedo compararlos con los dibujos que vi cuando era niño, estoy más confundido. ¿Cuáles son los baobabs en que me abismo, los que me hacen fijar la mirada en el vacío y entrar de nuevo en el ensueño? ¿Acaso el baobab sobre papel y el de tierra firme no comparten un mismo elemento? Quizás, al final de todo, la realidad concreta y el mundo imaginado son sólo una cuestión de percepción. Los árboles de papel y los de madera de Mombasa acaso son los mismos. Como sea, ambos me maravillan. En sus ramas alambicadas, a la manera de un coloso que recién nace y realiza ejercicios de estiramiento, a la manera de un monstruo que se arrepiente y en su estático nos estremece por su misteriosa belleza, habita el imperio de la forma. Un humilde imperio. Una vez más, para llegar al sueño de la rosa, con poco basta.
23.4.09
Baobab. Jugar al árbol
Cómo saber el sueño de la rosa, se pregunta Salvador Elizondo, como inquiriendo la manera de llegar al centro de las cosas. Y ya que hablamos de rosas, recuerdo el libro de poesía de Eduardo Lizalde, Rosas -y sus traducciones a las de Rilke-, otro que también se pregunta si se puede viajar al centro mismo de las cosas, no tengo a la vista sus versos, pero dicen algo así: "Pero ¿qué cosa dicen de las cosas los nombres?".
No llegaremos al centro. Nuestro natural es ser tangente. Al menos nos conforma saber algunas cosas. Siempre he admirado a los exploradores. Esos ornitólogos que no sólo se conforman con contemplar las aves y se regalan el arte de dibujarlas. Yo he cumplido con mi pequeña ornitología: he conocido la rara avis del Baobab. Sin querer conocer, como los buenos exploradores, de las tantas cosas.
He llegado al fruto del Baobab. Lo he comido y he guardado sus semillas para usarlas de fichas en el juego de Mancala, mejor conocido en esta región como Bao, una variante jugada en Tanzania. Acostumbraba a jugar Mancala en México, en un tablero muy sencillo de dos columnas, las semillas que usaba eran de Café. Se cree que el Mancala es el juego más antiguo del mundo, precisamente los tableros más antiguos se han encontrado en esta región de África, en Kenia y Etiopía.
En Mombasa, no perdí la oportunidad de comprarme un Mancala del estilo tanzano. Sus fichas serán las semillas del Baobab. En este fruto verdoso y aterciopelado que encontré al pie de un Baobab, se guardan cientos de semillas, listas para saltar en las casillas del Bao (bab). El juego más antiguo del mundo jugará con las semillas de un Bao-bab acaso milenario. Unidos por sus letras, por el tiempo, y lo más importante, por el juego de la vida.
He llegado al fruto del Baobab. Lo he comido y he guardado sus semillas para usarlas de fichas en el juego de Mancala, mejor conocido en esta región como Bao, una variante jugada en Tanzania. Acostumbraba a jugar Mancala en México, en un tablero muy sencillo de dos columnas, las semillas que usaba eran de Café. Se cree que el Mancala es el juego más antiguo del mundo, precisamente los tableros más antiguos se han encontrado en esta región de África, en Kenia y Etiopía.
En Mombasa, no perdí la oportunidad de comprarme un Mancala del estilo tanzano. Sus fichas serán las semillas del Baobab. En este fruto verdoso y aterciopelado que encontré al pie de un Baobab, se guardan cientos de semillas, listas para saltar en las casillas del Bao (bab). El juego más antiguo del mundo jugará con las semillas de un Bao-bab acaso milenario. Unidos por sus letras, por el tiempo, y lo más importante, por el juego de la vida.
17.4.09
El camino a Mombasa lleno de Baobabs
Cuando supe que el camino al puerto de Mombasa, partiendo de Nairobi, permitía contemplar cientos de Baobabs a pie de carretera, decidí ir tan pronto como fuera posible. Así lo hice el pasado 10 de abril. Los Baobabs me hicieron recordar la primera ilusión que tuve por conocerlos, cuando leí el libro El principito. En un principio, creía que eran árboles imaginarios. Después, cuando leí la vehemencia con que Octavio Paz se expresaba de los banianos, sospeché que, en efecto, existen los árboles fantásticos. No son los árboles del conocimiento, bíblicos, son los árboles del sentimiento, el árbol familiar. Ya en Mombasa, durante una de esas noches portuarias, recordé la primera vez que fui atraído por un árbol: mi padre, profesor universitario, aprovechaba su prestación de bono de libros cada fin de año para llevarnos a la librería de la universidad . En alguna ocasión, todavía niño, elegí un libro de Botánica cuya portada mostraba las coníferas gigantes de los bosques de California. Por supuesto, más atraído por la imagen del árbol que por los contenidos vegetales del libro.
16.4.09
Era del año la estación florida. Sobre el ecuador es en Noviembre. Este mes llegué a Nairobi
¿Cómo iniciar la escritura de un blog? Anne Carson, en su libro Man in the off hours, recordó que las historias se iniciaban, en la época antigua, no con una fecha de calendario sino con un dato anecdótico, un acontecimiento. Y me recuerda el verso Era del año la estación florida, cuando llegúe a Nairobi. En cambio, Amos Oz, se refiere a los inicios con la intesidad de la imagen, y recuerda aquel comienzo de la novela de García Márquez: vaca y gallinazos que aperecen en el balcón de un edificio de cabildo. Quizás deba iniciar con una advertencia: escribiré un Parte de Diario y libros de poesía. Pero no es cierto, inicié con una imagen: una foto de baobab. Árbol de origen mítico: cuenta la historia que alguna vez el baobab, arrogante por su grandeza, fue castigado por los dioses sembrándolo de cabeza; por ello, a la distancia, parece ser un árbol al revés, árbol que lleva por follaje las raíces. Quizá este significado resuma mi intención, hacer públicas las raíces que, por más exteriores que sean, seguirán siendo, como diría Octavio Paz, un Árbol adentro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
